¿Ofenderse o Aprender?

¿Ofenderse o aprender?

por gabriela gardelin


He leído muchas veces que a lo largo de nuestra vida, los maestros van apareciendo de diversas maneras frente a nosotros. Desde hace un tiempo, pido a mi Dios que envíe maestros a mi vida pero de una forma que pueda darme cuenta de sus mensajes.

Ayer me sucedió una  experiencia que me hizo comprender que esos maestros existen, pero que somos nosotros los que no los vemos.

La experiencia de la que te hablo sucedió ayer por la noche cuando estaba realizando una exposición en el postgrado sobre un tema que habíamos preparado mucho y del cual todo el grupo se sentía muy orgulloso.

Antes de comenzar la exposición el profesor nos cambió las reglas de juego: primero, nos dijo que aunque la exposición había sido planeada para durar 15 minutos deberíamos hacerla en 10 minutos;  y segundo, que serían nuestros propios compañeros quienes nos calificaran.

En síntesis, fuimos el grupo peor calificado por nuestros compañeros, situación que me dolió mucho, no tanto porque esa nota era un 40% del valor definitivo para aprobar o no la materia, sino porque sentí que era realmente una injusticia la calificación que nos dieron. Luego de la exposición, el profesor se acercó a nuestro grupo y nos felicitó por el trabajo que habíamos hecho, nos dijo que fuimos muy innovadores y presentamos un producto muy novedoso, diciéndonos también que fue gratamente sorprendido por el trabajo realizado. Obviamente, la nota fue la de nuestros compañeros.

Lo que quiero expresar con este breve relato es cuántas veces nos sentimos ofendidos o frustrado por situaciones que vivimos y que, según muchos autores, llegan a nosotros porque fuimos nosotros mismos quienes directa o indirectamente las causamos.

Dicho acontecimiento venía a mí una y otra vez, no podía apartarlo de mis pensamientos, entonces comencé a decirme que era parte del pasado y que solo debía sacar de lo sucedido alguna lección, qué por alguna razón se había dado esta situación.

Fue entonces cuando recordé que cuando estaba por comenzar la exposición vino un pensamiento a mi mente, donde, aunque no lo comprendí hasta un día después, me orientaba en la manera cómo debía exponer. Sí, fui consciente del pensamiento pero no de que debía hacerle caso, pues continué mi exposición tal como la tenía planeada sin hacer las modificaciones pertinentes si hubiese sabido escuchar.

La lección que aprendí es que debo ser más observadora, que no debo dejarme llevar por lo que tengo planeado, que las cosas pueden ser diferentes a lo que inicialmente pensé que era mi realidad.

Al día siguiente, leyendo el libro “Tu yo sagrado” de Wayne W. Dyer encontré de alguna manera una respuesta a lo vivido en la exposición, así que aquí te dejo con este fragmento del libro.

“Describa qué es lo que le ofende de otras personas. Trate de descubrir en qué le beneficia sentirse ofendido. Si usted es objetivo, si lo contempla desde la perspectiva del espectador, descubrirá que lo que en realidad le ofende es cómo estima usted que deberían comportarse los demás. Sin embargo, por sí mismo, el sentirse ofendido no altera los comportamientos desagradables.

Así que intente tomar un caso en el que se sienta ofendido y limítese a observarlo. Repare en que se siente ofendido y observe cómo eso se manifiesta en usted. A medida que vaya haciéndose diestro en observar a su ego en acción, descubrirá que este acto de observación desactivará su ansiedad.

Mediante la técnica de uno mismo, usted llegará a ver que lo que le ofende es obra de su ego, que le machaca una y otra vez que el mundo debería ser diferente, que la gente no tiene ningún derecho a tratarle de forma desconsiderada. Su ego insiste en que tiene derecho a sentirse ofendido, herido, desdichado.

Esos juicios derivan de una idea falsa de usted mismo, la cual no deja de esforzarse por convencerle de que el mundo debería ser como usted es y no como en realidad es.”

Autora: GABRIELA GARDELIN

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